A veces los entrenadores tienen la tentación de demostrar todo lo que saben. A veces quieren que se vea porque son ellos ocupan ese puesto y no cualquiera de los que creen saber de su deporte. A veces quieren tomar decisiones sorprendentes, que hagan ver que ellos han estado pensando, estudiando, planteándose todas las situaciones y buscando incesantemente las respuestas. En resumen, que, al menos de lo suyo, sabe más que un niño de primaria.
Y entonces hace algon inesperado, alguien puede decir que valiente (si sale mal el tiene que asumir la responsabilidad), alguien puede decir que insensato (la decisión que parece evidente, la que parece normal, lo es porque ha tenido un porcentaje de éxito mayor que otras opciones en una muestra de miles de situaciones).
Pues esa tentación, la tentación que yo creo fundamentalmente promovida por un impulso de vanidad, es la que afecto a Escariolo cuando decidió que Llull fuera el que se jugará el tiro contra Turquía. Vanidad, ser protagonista. Vanidad, ser más importante que los jugadores. Vanidad, yo se más que tú. Que tú, que tú, que tú, que tú y que tú y que tú, que tú. Evitar lo obvio que es darsele a los que más talento tienen.
Justificación que coge por sorpresa, que el rival no se lo espera, y por el contrario refuerza las barreras para frenar las opciones previsibles. No me convence. La sorpresa no es suficiente para aumentar en gran medida las posibilidades de éxito de las opciones más extrañas. Las barreras reforzadas crean grandes desequilbrios cuando el jugador más peligroso tiene el balón. Es entonces, cuando este puede pasar a los menos defendidos. Pero no antes, cuando los mejores son solo amenazas potenciales.
¿Alguién piensa que en los antiguos Bulls, a Phil Jackson se le podía ocurrir una opción mejor para los últimos segundos, que darsela a Jordan y que este haga lo que quiera? Pues eso.
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