martes, 30 de julio de 2024

Sobre puntuaciones y arepas

Hay cosas que no cambian en los juegos olímpicos y una de ellas, que siempre me ha molestado mucho, es lo ridículo de las puntuaciones en los deportes en los que el resultado depende de éstas. Muchas veces son tan fiables como el recuento de votos en Venezuela.

Algo similar pasa con los arbitrajes, pero creo que esto con el efecto de las redes, que pueden  denunciar en segundos y convertir en escandalo cualquier abuso, se ha mitigado. A los anfitriones y a los Estados Unidos se les sigue ayudando, pero eso es una tradición tan inquebrantable como el sobre al concejal de urbanismo. 

Pero en los deportes de puntuación, tal vez porque son minoritarios o porque es más difícil demostrar la injusticia, se siguen dando. He visto puntuar un salto de trampolín con un 8 por un juez y con un 5 por otro, lo que traducido es “estupendo” y “nefasto”. He visto conceder un asalto a un boxeador, con la única justificación posible de premiar su empeño en golpear con nariz, pómulos y ojos los guantes del rival. 

Muchas veces, imagino, esto se deberá a sobornos, influencias, promesas. El abuso de poder es miserable, pero no se puede negar que la maldad o la avaricia forman parte del reverso de lo humano. Pero no es mejor que el comportamiento se deba a prejuicios personales o incluso a la simple negligencia. Hay alguien que se ha esforzado durante años, que tiene un mérito enorme, y todo su trabajo se ve estropeado porque hay otra persona que no se toma en serio su trabajo; que decide de antemano por el país, por la apariencia, por el nombre o por lo que sea, o que se despista o no pone suficiente atención por cansancio o pereza y valora de manera aleatoria. 

Me ha parecido siempre muy triste, y no sólo por empatizar con el deportista que lo sufre. Me recuerda las situaciones en los que uno depende de la valoración de otros, y nada de lo que haga le evita estar a capricho de éstos, de resultarles o no simpático, de que hayan tenido buen o mal día, de que sean o no honestos, de su rigor o su irresponsabilidad, de que haya otros que sin mérito vayan a ser favorecidos. 

Malditos sean los jueces injustos, los contadores tramposos. Espero que haya un juicio final, aunque sólo sea para que, manteniendo el equilibrio kármico, se les puntee muy bajo lo bueno, y se sea inclemente con ellos en lo malo. 


sábado, 27 de julio de 2024

De gratitud y canastas

No he sido una persona agradecida. No lo suficiente. He tenido fortuna; no la mejor claro, pero me situaría en un percentil de los buenos. Con el tiempo te das cuenta. Las posibilidades que se me ofrecieron, las batallas que no tuve que pelear, la capacidad para comprender algunas complejidades y apreciar la belleza, las condiciones necesarias para algunos logros, las personas que aparecieron para acompañar y ayudar…

No soy el único. Todo ser que busca la supervivencia piensa mucho más en lo que aún no tiene, en el problema por resolver, que en lo que ya ha conseguido. Los humanos además hemos ampliado mucho más allá de la supervivencia el campo de las necesidades. 

Pero también es humano superar la tendencia primaria para adaptar el comportamiento a lo que se considera más correcto. Yo debo ser más agradecido y la sociedad también. Estaría muy bien que la sociedad cambiara de la cultura de la exigencia, impaciente, egoísta, inclemente y malhumorada a la cultura del agradecimiento, comprensiva, apreciativa, humilde y más tranquila. 

Hoy hemos perdido en baloncesto contra Australia. Los éxitos nuestras selecciones de baloncesto, han sido completamente inusuales. Hemos vivido un largo tiempo de perdices, y nos hemos acostumbrado. Pero no es nada normal, hay que calificarlo como una rara maravilla; basta con mirar lo poco repetidos que han sido los triunfos de otros con los que nos debemos comparar. Ahora es normal que vivamos años de carencias, que tarden en llegar los talentos extraordinarios, los dotados con cualidades diferenciales. Hay que aceptarlo. Y a la vez, hay que agradecer todo lo que nos dieron, haberlo visto y gozado, y tener memoria para recordarlo. 


jueves, 18 de julio de 2024

De gazmoños y papanatas

 

Gazmoños y papanatas abundan en nuestro tiempo. Con su simplista, apasionada, cómoda y efímera defensa de la víctima de moda se ponen bastante pesados, y no ayudan a resolver nada.

Cuando Morata comunicó que se planteaba renunciar a la selección (yo personalmente le creo eso tanto como lo de los múltiples equipos de sus sueños) una buena parte de la prensa, más la general que la deportiva, se dedicó a ensalzarlo.

Es obvio que lo de lanzar odio sobre este hombre demuestra que uno por dentro está hecho asco, y/o tiene una envidia que se muere. Especialmente miserable es unirse al linchamiento, sólo porque existe la posibilidad de sentirse parte de una multitud que te aplaude el insulto. Defender al atacado, por supuesto. ¿Admirarlo por ser víctima? Absurdo.

Se ha valorado mucho que mostrara su fragilidad. Mostrar dolor cuanto te duele, es natural, y a veces muy positivo. Y por supuesto es normal y muy comprensible que sufra. Es necesario empatizar y apoyar. Pero considerar mejor sin matices, sin contexto y sin historia a quien expresa fragilidad que a quien controla sus emociones y se muestra fuerte es ñoñería.

Los papanatas tienden a convertir a la víctima en héroe, sin reflexión ni emoción, por reacción automática, que tiene la misma cantidad de bondad que un estornudo. Los gazmoños tienen tanto deseo de mostrarse buenas personas, y tan poca verdadera empatía, que, en lugar de ayudar de verdad a quien sufre, dramatizan un ataque a todos los malvados, presuntos, que le dañan. Ambos, papanatas y gazmoños, evitan ver cualquier realidad que sea contraria a sus intereses.

Morata no merece odio, y seguro no merece la mayoría de las críticas, pero todo lo injusto que se vuelca sobre alguien envilece al emisor pero no hace mejor al receptor. El dañado, por otra parte, también obra con injusticia si trata de extender la suciedad de lo inaceptable a todos las críticas, en conjunto, sin separar aquellas que tienen fundamento y tono correcto. Esta trampa la llevan tiempo empleando políticos de todos los colores; se defienden de toda acusación diciendo que es una invención nacida del odio de los del otro lado. A veces es cierto, claro, pero sólo los gazmoños y papanatas de su bando pueden creer que todas las denuncias son falsas. Encuentro similitudes en intención y credibilidad entre el “como sigáis así me voy” de Morata y la reciente carta a la ciudadanía.

Ahora se va a Milán; ojalá eso le sirva para borrar todo dolor.

 

 

 

sábado, 13 de julio de 2024

Derrotando a la identidad

 

No creo que esta selección tenga una identidad clara. Mucho mejor así, la identidad, ese reducirse a una definición simple y estática, provoca olor a cerrado, apego a los errores y, con mucha probabilidad, odio a lo distinto. Y lo que es peor: los que dan valor a su identidad tienden a ser aburridísimos.

Es difícil reducir el grupo a un tópico porque hay elementos con caracteres poco habituales, detalles como nombre y color. Variedad representativa de nuestros tiempos.

También lo es porque tiene individuos muy curiosos. Un portero que de tranquilo que es pone de los nervios, un delantero centro que corre más para defender que para atacar…

Y el estilo, el estilo tampoco está claro. No es ésta ni la furia ni el tikitaka. Pero eso es una virtud: la manera en la que se aprovechan las fortalezas y se cubren las debilidades va variando, según lo que vaya ocurriendo y lo que se sea capaz de hacer ese día.

Como espectador no sabe uno que se encontrará: pueden surgir maravillas y terrores, y por eso hay ilusión y temor; eso engancha mucho.

Identidad mejor no, pero la personalidad está bien. Aspectos del carácter que se repiten en nuestra conducta, aunque las situaciones sean diversas y las formas de actuar muy distintas. En nuestra selección aprecio seriedad: lo que hay que hacer hay que hacerlo, y hay que hacerlo todo lo bien que se pueda; si sale bien no hay que fliparse, si va mal hay que aguantar; el arte con trabajo, la fama cuesta sudor, hay que estar dispuesto a pagar el precio.

España puede ganar en la misma competición a Italia, Alemania, Francia e Inglaterra, todo lo gordo de la Europa libre. El comandante Alcaraz marcará el camino.