Hay cosas que no cambian en los juegos olímpicos y una de ellas, que siempre me ha molestado mucho, es lo ridículo de las puntuaciones en los deportes en los que el resultado depende de éstas. Muchas veces son tan fiables como el recuento de votos en Venezuela.
Algo similar pasa con los arbitrajes, pero creo que esto con el efecto de las redes, que pueden denunciar en segundos y convertir en escandalo cualquier abuso, se ha mitigado. A los anfitriones y a los Estados Unidos se les sigue ayudando, pero eso es una tradición tan inquebrantable como el sobre al concejal de urbanismo.
Pero en los deportes de puntuación, tal vez porque son minoritarios o porque es más difícil demostrar la injusticia, se siguen dando. He visto puntuar un salto de trampolín con un 8 por un juez y con un 5 por otro, lo que traducido es “estupendo” y “nefasto”. He visto conceder un asalto a un boxeador, con la única justificación posible de premiar su empeño en golpear con nariz, pómulos y ojos los guantes del rival.
Muchas veces, imagino, esto se deberá a sobornos, influencias, promesas. El abuso de poder es miserable, pero no se puede negar que la maldad o la avaricia forman parte del reverso de lo humano. Pero no es mejor que el comportamiento se deba a prejuicios personales o incluso a la simple negligencia. Hay alguien que se ha esforzado durante años, que tiene un mérito enorme, y todo su trabajo se ve estropeado porque hay otra persona que no se toma en serio su trabajo; que decide de antemano por el país, por la apariencia, por el nombre o por lo que sea, o que se despista o no pone suficiente atención por cansancio o pereza y valora de manera aleatoria.
Me ha parecido siempre muy triste, y no sólo por empatizar con el deportista que lo sufre. Me recuerda las situaciones en los que uno depende de la valoración de otros, y nada de lo que haga le evita estar a capricho de éstos, de resultarles o no simpático, de que hayan tenido buen o mal día, de que sean o no honestos, de su rigor o su irresponsabilidad, de que haya otros que sin mérito vayan a ser favorecidos.
Malditos sean los jueces injustos, los contadores tramposos. Espero que haya un juicio final, aunque sólo sea para que, manteniendo el equilibrio kármico, se les puntee muy bajo lo bueno, y se sea inclemente con ellos en lo malo.