No creo que esta selección tenga una identidad clara. Mucho
mejor así, la identidad, ese reducirse a una definición simple y estática, provoca
olor a cerrado, apego a los errores y, con mucha probabilidad, odio a lo
distinto. Y lo que es peor: los que dan valor a su identidad tienden a ser
aburridísimos.
Es difícil reducir el grupo a un tópico porque hay elementos
con caracteres poco habituales, detalles como nombre y color. Variedad
representativa de nuestros tiempos.
También lo es porque tiene individuos muy curiosos. Un
portero que de tranquilo que es pone de los nervios, un delantero centro que
corre más para defender que para atacar…
Y el estilo, el estilo tampoco está claro. No es ésta ni la
furia ni el tikitaka. Pero eso es una virtud: la manera en la que se aprovechan
las fortalezas y se cubren las debilidades va variando, según lo que vaya
ocurriendo y lo que se sea capaz de hacer ese día.
Como espectador no sabe uno que se encontrará: pueden surgir
maravillas y terrores, y por eso hay ilusión y temor; eso engancha mucho.
Identidad mejor no, pero la personalidad está bien. Aspectos
del carácter que se repiten en nuestra conducta, aunque las situaciones sean
diversas y las formas de actuar muy distintas. En nuestra selección aprecio
seriedad: lo que hay que hacer hay que hacerlo, y hay que hacerlo todo lo bien
que se pueda; si sale bien no hay que fliparse, si va mal hay que aguantar; el
arte con trabajo, la fama cuesta sudor, hay que estar dispuesto a pagar el
precio.
España puede ganar en la misma competición a Italia,
Alemania, Francia e Inglaterra, todo lo gordo de la Europa libre. El comandante
Alcaraz marcará el camino.
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