Gazmoños y papanatas abundan en
nuestro tiempo. Con su simplista, apasionada, cómoda y efímera defensa de la
víctima de moda se ponen bastante pesados, y no ayudan a resolver nada.
Cuando Morata comunicó que se planteaba
renunciar a la selección (yo personalmente le creo eso tanto como lo de los
múltiples equipos de sus sueños) una buena parte de la prensa, más la general
que la deportiva, se dedicó a ensalzarlo.
Es obvio que lo de lanzar odio sobre
este hombre demuestra que uno por dentro está hecho asco, y/o tiene una envidia
que se muere. Especialmente miserable es unirse al linchamiento, sólo porque
existe la posibilidad de sentirse parte de una multitud que te aplaude el
insulto. Defender al atacado, por supuesto. ¿Admirarlo por ser víctima? Absurdo.
Se ha valorado mucho que mostrara
su fragilidad. Mostrar dolor cuanto te duele, es natural, y a veces muy
positivo. Y por supuesto es normal y muy comprensible que sufra. Es necesario
empatizar y apoyar. Pero considerar mejor sin matices, sin contexto y sin
historia a quien expresa fragilidad que a quien controla sus emociones y se
muestra fuerte es ñoñería.
Los papanatas tienden a convertir
a la víctima en héroe, sin reflexión ni emoción, por reacción automática, que
tiene la misma cantidad de bondad que un estornudo. Los gazmoños tienen tanto
deseo de mostrarse buenas personas, y tan poca verdadera empatía, que, en lugar
de ayudar de verdad a quien sufre, dramatizan un ataque a todos los malvados,
presuntos, que le dañan. Ambos, papanatas y gazmoños, evitan ver cualquier
realidad que sea contraria a sus intereses.
Morata no merece odio, y seguro
no merece la mayoría de las críticas, pero todo lo injusto que se vuelca sobre
alguien envilece al emisor pero no hace mejor al receptor. El dañado, por otra
parte, también obra con injusticia si trata de extender la suciedad de lo
inaceptable a todos las críticas, en conjunto, sin separar aquellas que tienen
fundamento y tono correcto. Esta trampa la llevan tiempo empleando políticos de
todos los colores; se defienden de toda acusación diciendo que es una invención
nacida del odio de los del otro lado. A veces es cierto, claro, pero sólo los
gazmoños y papanatas de su bando pueden creer que todas las denuncias son
falsas. Encuentro similitudes en intención y credibilidad entre el “como sigáis
así me voy” de Morata y la reciente carta a la ciudadanía.
Ahora se va a Milán; ojalá eso le
sirva para borrar todo dolor.
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